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viernes, 26 de abril de 2013

SOMOS INTERCESORES



 

 INTERCESORES CON CRISTO 

“Está siempre vivo para interceder” (Hb 7,25).

 

    Jesucristo, intercesor hoy

 

     La vida de Jesucristo fue una vida de intercesor. De hecho, no sólo su vida sino también su muerte están marcadas por la señal de la intercesión: en realidad su muerte fue, desde el principio hasta el final, el acto supremo de intercesión que llevó a cabo ante el Padre en favor de los hombres. Él es el intercesor por antonomasia, el único intercesor adecuado, válido, capaz y perfecto. Pero, ¿terminó su capacidad intercesora y su obra de intercesión en la cruz? Tras resucitar y ascender a la derecha del Padre, ¿se desinteresó ya de nuestras necesidades?

 

     No. Fue precisamente después de resucitar cuando el Señor reveló a los discípulos este secreto: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt 28,18). No hizo esta manifestación para vanagloriarse de nada, -porque no necesita la gloria de nadie-, sino en orden a la utilización de su poder.

Para que no haya duda, les habló a continuación de su misión, que quedó avalada por su presencia –y por tanto por su poder-, para siempre: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Jesús vuelve al Padre, pero se queda con los discípulos, para llevar a cabo con ellos, bajo la dirección y el poder del Espíritu, la obra de redención que ya había realizado. 

 

     Con su ascensión Jesús “penetró los cielos” (Hb 4,14), de forma que, como él mismo profetizó, “de ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios” (Lc 22,69). Y nos preguntamos: ¿Cumple allí alguna misión? ¿Para qué “está sentado a la diestra del trono de Dios” (Hb 12,2)? La respuesta nos dice que no sólo para compartir la dignidad divina y la autoridad soberana sobre toda la Creación, sino también para ejercer esa autoridad:

·       La carta a los Hebreos afirma: “No penetró Cristo en un santuario hecho por mano de hombre, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9,24), es decir, como intercesor a favor de los hombres.

·       Y no sólo eso, sino que en esta posición de privilegio “debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies” (1 Co 15,25), hasta el final de los tiempos.

 

    Jesucristo conserva las marcas de la pasión (cf. Jn 20,20), esos cardenales que nos traen la salud (Is 53,5). Él los presenta ante el Padre recordándole que sufrió para que los hombres alcancemos la vida. El manantial de misericordia y de gracia que se abrió en la cruz no está cerrado. Podemos acercarnos confiadamente al trono de gracia donde Jesucristo nos espera e intercede por nosotros (cf. Hb 4,16), pues él “posee un sacerdocio perpetuo porque permanece para siempre. De ahí que pueda también salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7,24-25).

 

    El amor de Dios y de Cristo no se han agotado. Su amor es, en definitiva, el fundamento del ministerio intercesor de Cristo, que se prolonga y actúa hoy también en nuestro favor. San Pablo lo expresó con palabras admirables a los cristianos de Roma cuando les escribió:: “El que no perdonó ni a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él graciosamente todas las cosas? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió; más aún el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, y que intercede por nosotros?” (Rm 8,32-34). Jesucristo es para los hombres el único intercesor válido, universal, suficiente y permanente que tenemos los hombres ante el Padre.

 

 

Respuestas a la intercesión – Palabra profética


 

Intercediendo por la unidad de la Iglesia: visión de murallas en las que aparecen grandes grietas, al lado de las cuales hay ángeles intentando cerrarlas con una argamasa que lleva el nombre de AMOR. El enemigo por su parte está golpeando otros puntos de las murallas con enormes lanzas y va abriendo nuevas grietas que llevan el nombre de PECADO. Son los diferentes pecados de la Iglesias, pero el pecado de soberbia es el que abre las grietas más grandes. Los enemigos que abren las grietas de soberbia sacan sus lanzas para evitar que nadie las cierre.

Interpretación: El Señor nos llama a orar por la unidad de la Iglesia y a relacionarnos mediante la práctica del amor y la humildad.   

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