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jueves, 20 de junio de 2013

Cuando rezan los creyentes, abren una brecha en el corazón de Dios.



 
 
La oración como el secreto para dar confianza al hombre y mujer contemporáneos, que con frecuencia sienten
                      la angustia de su propia impotencia.

 

«Cuando rezan los creyentes, abren una brecha en el corazón de Dios, para quien nada es imposible», explicó el Papa antes de rezar la oración mariana del «Angelus» junto a varios miles de peregrinos.

 

«Asistimos por desgracia con frecuencia a vicisitudes y acontecimientos dramáticos, que siembran en la opinión pública desconcierto y angustia»

 

«El hombre moderno parece seguro de sí mismo, y sin embargo, especialmente en ocasiones cruciales, tiene que vérselas con su impotencia --añadió--: experimenta la incapacidad para intervenir y, por consiguiente, vive en la incertidumbre y en el miedo».

 

El obispo de Roma aseguró que «en la oración, hecha de fe, está el secreto para afrontar no sólo en las emergencias sino día tras día los cansancios y problemas personales y sociales».

 

«Quien reza no se desalienta ni siquiera ante las dificultades más graves, pues siente a Dios a su lado y encuentra refugio, serenidad, y paz en sus brazos abiertos», aseguró.

 

«Después, al abrir el corazón al amor de Dios, se abre también al amor de los hermanos, y le hace capaz de construir la historia según el designio divino», afirmó.

 

 El Papa explicó que, por este motivo, «la educación en la oración» debe convertirse «en un punto determinante de toda programación pastoral».

 

«Es muy importante rezar todos los días, personalmente y en familia --concluyó--. Que rezar, y rezar juntos, sea el aliento cotidiano de las familias, de las parroquias y de toda comunidad».

 

El Papa  al final, quiso saludar personalmente a los padres de todos los bebés presentes y a los pequeños les dio un cariñoso beso.

 

Se sacó también una fotografía de grupo con unos veinte niños,

Sacerdotes para la adoración


 

 

EFECTOS DE LA AORACIÓN 

                             
 
1.   Reflexión

 

    Jesús no es visto como uno de los sacerdotes de Israel, pero se revela a sí mismo sacerdote por la ofrenda de su sacrificio y por el servicio de la palabra. Del mismo modo quiere que sus discípulos tomemos parte de esas dos funciones sacerdotales. Por una parte dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8.34), Y por otra nos dice como a aquel aspirante a discípulo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9,60).

v  El Apóstol Pedro dirá a los discípulos: “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 P 2,9).

v  Al principio del Apocalipsis hay una hermosa descripción acerca de Jesucristo, que dice ”Él es el que nos ama, nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,5-6). El amor de Jesús, que domina todo el texto, es la única fuerza purificadora del pecado, que a su vez nos sitúa en condiciones de llegar a ser nada menos que sacerdotes del Altísimo.

v  San Pablo invita a ofrecer el cuerpo “como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12,1) y a dar culto “según el Espíritu de Dios” (Flp 3,3)         

 

     En virtud de nuestro bautismo y de nuestra vocación participamos en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, pero ¿qué se espera de nosotros? Dios espera de nosotros que le ofrezcamos por medio de Jesucristo cuanto somos, hacemos y tenemos: obras naturales y espirituales, oraciones personales y comunitarias, trabajos físicos y evangélicos, la vida en cualquiera de sus facetas y edades, el descanso espiritual y corporal, el bienestar y el sufrimiento... En palabras de Pedro: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1 P 2,4-5).

    

     Ante la proclamación que los ángeles hacen de la dignidad del Cordero en la visión celestial de Juan, todas las criatura, del cielo y de la tierra se unen a la misma y claman: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos. Y los cuatro Vivientes decían: ‘Amén’; y los Ancianos se postraron para adorar” (Ap 5,13-14). Eso mismo podemos hacerlo nosotros, desde nuestro sacerdocio real y en fe hasta que llegue el momento en que podamos hacerlo en visión.

 

 

    2. Testimonios – Palabra profética  

 

Testimonio de un grupo de adoradores:

Visión durante la adoración:  Los adoradores son hechos partícipes de la alabanza que hay en el cielo, de la alabanza de los ángeles y de los santos. Están rodeados por ellos y envueltos en la misma luz que ellos, alcanzados por el mismo resplandor y el mismo gozo que hay allí. 

Palabra al corazón: Adoráis mi santidad y hacéis bien, proclamáis mi santidad y el enemigo huye ante ella. Seguid postrados ante mi santidad, que también os santifica a vosotros. Seguid proclamando mi santidad, seguid adorando mi santidad. Mi santidad os transforma, mi santidad os santifica, mi santidad os renueva.

Sigue visión en la cual los adoradores son envueltos por su santidad mientras sienten en su corazón que el Señor les permite intuir qué es estar envueltos por su santidad; al mismo tiempo son conscientes de la imposibilidad de vivir esta experiencia en profundidad porque no podrían resistirla.

Palabra: Si de verdad buscarais de todo corazón y conocierais lo que es estar envueltos por mi santidad, no podríais ocupar otro lugar más que éste. Cuando estáis aquí a mis pies, aunque no lo experimentéis, mi santidad y mi presencia os envuelven  y os hacen míos. 

ANUNCIAR EL EVANGELIO CON ALEGRIA




Mensaje del Papa para la Jornada Misionera Mundial 2013

 

 Queridos hermanos y hermanas,

 

Este año celebramos la Jornada Mundial de las Misiones mientras se clausura el Año de la fe, ocasión importante para fortalecer nuestra amistad con el Señor y  nuestro camino como Iglesia que anuncia  el Evangelio con valentía. En esta prospectiva, querría plantear algunas reflexiones.

 

1. La fe es un don precioso de Dios, el cual abre nuestra mente para que lo podamos conocer y amar, Él quiere relacionarse con nosotros para hacernos participes de su misma vida y hacer que la nuestra esté más llena de significado, que sea  más buena, más bella. ¡Dios nos ama! Pero la fe, necesita ser acogida, es decir, necesita nuestra respuesta personal, el coraje de poner nuestra confianza en Dios, de vivir su amor, agradecidos por su infinita misericordia. Es un don que no se reserva sólo a unos pocos, sino que se ofrece a todos generosamente. ¡Todo el mundo debería poder experimentar la alegría de ser amados por Dios, el gozo de la salvación! Y es un don que no se puede conservar para uno mismo, sino que debe ser compartido. Si queremos guardarlo sólo para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia.

 

«El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial» (Benedicto XVI, Exhort. ap. Verbum Domini, 95). Toda comunidad es “adulta”, cuando profesa la fe, la celebra con alegría en la liturgia, vive la caridad y proclama la Palabra de Dios sin descanso, saliendo del propio ambiente para llevarla también a los “suburbios”, especialmente a aquellos que aún no han tenido la oportunidad de conocer a Cristo. La fuerza de nuestra fe, a nivel personal y comunitario, también se mide por la capacidad de comunicarla a los demás, de difundirla, de vivirla en la caridad, de dar testimonio a las personas que encontramos y que comparten con nosotros el camino de la vida.

 

2. El Año de la fe, a cincuenta años de distancia del inicio del Concilio Vaticano II, es un estímulo para que toda la Iglesia reciba una conciencia renovada de su presencia en el mundo contemporáneo, de su misión entre los pueblos y las naciones.

 

La misionariedad no es sólo una cuestión de territorios geográficos, sino de pueblos, de culturas e individuos independientes, precisamente porque los “límites” de la fe no sólo atraviesan lugares y tradiciones humanas, sino el corazón de

 

cada hombre y cada mujer. El Concilio Vaticano II destacó de manera especial como la tarea misionera, la tarea de ampliar los límites de la fe  es un compromiso de todo bautizado y de todas las comunidades cristianas: «Viviendo el Pueblo de Dios en comunidades, sobre todo diocesanas y parroquiales, en las que de algún modo se hace visible, a ellas pertenece también dar testimonio de Cristo delante de las gentes» (Decr. Ad gentes, 37). Por tanto, se pide y se invita a toda comunidad a hacer propio el mandato confiado por Jesús a los Apóstoles de ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial: todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio. Invito a los Obispos, a los Sacerdotes, a los Consejos presbiterales y pastorales, a cada persona y grupo responsable en la Iglesia a dar relieve a la dimensión misionera en los programas pastorales y formativos, sintiendo que el propio compromiso apostólico no está completo si no contiene el propósito de “dar testimonio de Cristo ante las naciones”, ante todos los pueblos. La misionariedad no es sólo una dimensión programática en la vida cristiana, sino también una dimensión paradigmática que afecta a todos los aspectos de la vida cristiana.

 

3.       A menudo, la obra de  evangelización encuentra obstáculos no sólo fuera, sino dentro de la comunidad eclesial. A veces el fervor, la alegría, el coraje, la esperanza en  anunciar a todos el mensaje de Cristo y ayudar a la gente de nuestro tiempo a encontrarlo son débiles; en ocasiones todavía se piensa que llevar la verdad del Evangelio es violentar la libertad. Pablo VI usa palabras iluminadoras al respecto: «Sería... un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer... es un homenaje a esta libertad» (Exhort, Ap. Evangelii nuntiandi, 80). Siempre debemos tener el valor y la alegría de proponer, con respeto, el encuentro con Cristo, de hacernos heraldos de su Evangelio, Jesús ha venido entre nosotros para mostrarnos el camino de la salvación, y nos ha confiado la misión de darlo a conocer a todos, hasta los confines de la tierra. Con frecuencia vemos que son la violencia, la mentira, el error las cosas que destacan y se proponen. Es urgente hacer que resplandezca en nuestro tiempo la vida buena del Evangelio con el anuncio y el testimonio, y esto desde el interior mismo de la Iglesia. Porque, en esta perspectiva, es importante no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Evangelizar nunca es un acto aislado, individual, privado, sino que es siempre eclesial. Pablo VI escribía que «Cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia», Este no actúa «por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre» (Exhort, ap. Evangelii nuntiandi, 60).Y esto da fuerza a la misión y hace sentir a cada misionero y evangelizador que nunca está solo, que forma parte de un solo Cuerpo animado por el Espíritu Santo.

 

4.      En nuestra época, la movilidad general y la facilidad de comunicación a través de los nuevos medios de comunicación han mezclado entre sí los pueblos, el conocimiento, las experiencias. Por motivos de trabajo familias enteras se trasladan de un continente a otro; los intercambios profesionales y culturales, así como el turismo y otros fenómenos análogos empujan a un gran movimiento de personas. A veces es difícil, incluso para las comunidades parroquiales, conocer de forma segura y profunda a quienes están de paso o a quienes viven de forma permanente en el territorio. Además, en áreas cada vez más grandes de las regiones  tradicionalmente cristianas crece el número de los que son ajenos a la fe, indiferentes a la dimensión religiosa o animados por otras creencias. Por tanto, no es raro que algunos bautizados escojan estilos de vida que les alejan de la fe, convirtiéndolos en necesitados de  una “nueva evangelización”.A esto se suma el hecho de que a una gran parte de la humanidad todavía no le ha llegado la buena noticia de Jesucristo. Y que vivimos en una época de crisis que afecta a muchas áreas de la vida, no sólo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. La convivencia humana está marcada por tensiones y conflictos que causan inseguridad y fatiga para encontrar el camino hacia una paz estable. En esta situación tan compleja, donde el horizonte del presente y del futuro parece estar cubierto por nubes amenazantes, se hace aún más urgente el llevar con valentía a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es  anuncio de esperanza, reconciliación, comunión, anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación, anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir hacia el camino del bien.

 

El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que sólo el encuentro con Cristo puede darle. ¡Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza donada por la fe! La naturaleza misionera de la Iglesia no es proselitista, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor.

 

La Iglesia - lo repito una vez más - no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con  Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado. Es el Espíritu Santo quién guía a la Iglesia en este camino.

 

5.        Quisiera animar a todos a ser portadores de la buena noticia de Cristo y estoy agradecido especialmente a los misioneros y misioneras, a los presbíteros  fidei donum, a los religiosos y religiosas y a los fieles laicos - cada vez más numerosos - que, acogiendo la llamada del Señor, dejan su patria para servir al Evangelio en tierras y culturas diferentes de las suyas. Pero también me gustaría subrayar que las mismas iglesias jóvenes están trabajando generosamente en el envío de misioneros a las iglesias que se encuentran en dificultad - no es raro que se trate de Iglesias de antigua cristiandad - llevando la frescura y el entusiasmo con que estas viven la fe que renueva la vida y dona esperanza. Vivir en este aliento universal, respondiendo al mandato de Jesús «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones»  (Mt. 28, 19) es una riqueza para cada una de las iglesias particulares, para cada comunidad, y donar misioneros y misioneras nunca es una pérdida sino una ganancia. Hago un llamamiento a todos aquellos que sienten la llamada a responder con generosidad a la voz del Espíritu Santo, según su estado de vida, y a no tener miedo de ser generosos con el Señor. Invito también a los obispos, las familias religiosas, las comunidades y todas las agregaciones cristianas a sostener, con visión de futuro y discernimiento atento, la llamada misionera ad gentes y a ayudar a las iglesias que necesitan sacerdotes, religiosos y religiosas y laicos para fortalecer la comunidad cristiana. Y esta atención debe estar también presente entre las iglesias que forman parte de una misma Conferencia Episcopal o de una Región: es importante que las iglesias más ricas en vocaciones ayuden con generosidad a las que sufren de escasez. Al mismo tiempo exhorto a los misioneros y a las misioneras, especialmente los sacerdotes fidei donum y a los laicos, a vivir con alegría su precioso servicio en las iglesias a las que son destinados, y a llevar su alegría y su experiencia a las iglesias de las que proceden, recordando cómo Pablo y Bernabé, al final de su primer viaje misionero «contaron todo lo que Dios había hecho a través de ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los gentiles» (Hechos 14:27). Ellos pueden llegar a ser un camino hacia una especie de “restitución” de la fe, llevando la frescura de las Iglesias jóvenes, de modo que las Iglesias de antigua cristiandad redescubran el entusiasmo y la alegría de compartir la fe en un intercambio que enriquece mutuamente en el camino de seguimiento del Señor.

 

      La solicitud por todas las Iglesias, que el Obispo de Roma comparte con sus hermanos en el episcopado, encuentra una actuación importante en el compromiso de las Obras Misionales Pontificias, que tienen como propósito animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad, ya sea llamando a la necesidad de una formación misionera más profunda de todo el Pueblo de Dios, ya sea alimentando la sensibilidad de las comunidades cristianas a ofrecer su ayuda para favorecer la difusión del Evangelio en el mundo.

 

      Por último, dirijo un pensamiento a los cristianos que, en diversas partes del mundo, se encuentran en dificultades para profesar abiertamente su fe y ver reconocido el derecho a vivirla con dignidad. Ellos son nuestros hermanos y hermanas, testigos valientes - aún más numerosos que los mártires de los primeros siglos - que soportan con perseverancia apostólica las diversas formas de persecución actuales. Muchos también arriesgan su vida para permanecer fieles al Evangelio de Cristo. Deseo asegurarles que me siento cercano en la oración a las personas, a las familias y a las comunidades que sufren violencia e intolerancia y les repito las palabras consoladoras de Jesús: «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33).

 

Benedicto XVI exhortaba: «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero» (Carta Ap. Porta fidei, 15). Este es mi deseo para la Jornada Mundial de las Misiones de este año. Bendigo de corazón a los misioneros y misioneras y a todos los que acompañan y apoyan este compromiso fundamental de la Iglesia para que el anuncio del Evangelio pueda resonar en todos los rincones de la tierra, y nosotros, ministros del Evangelio y misioneros, experimentaremos “la dulce y confortadora alegría de evangelizar” (Pablo VI, Exhort. Ap. Evangelii nuntiandi, 80).

 

Papa Francisco

CUAL ES TU TESORO

 
 


«Allí donde está tu tesoro, allí está tu corazón».(Mt. 6, 19-23)

 

¿Dónde está el corazón del amante? En la cosa que ama: por consiguiente, allí donde está nuestro amor, allí es donde nuestro corazón permanece cautivo. No puede salir de allí, no puede elevarse más alto, no puede ir ni a derecha ni a izquierda; vedle parado. Allí donde está el tesoro del avaro, allí tiene su corazón; allí donde está nuestro corazón, éste es nuestro tesoro.

 

¡Y qué! Una nonada, una imaginación, una palabra seca que alguien nos ha dicho, una falta de acogida gratuita, un pequeño rechazo, el solo pensamiento de que alguien no cuenta con nosotros…¡todo esto nos hiere y nos indispone hasta el punto de no poder curar! El amor propio ataca a estas heridas imaginarias, no sabemos salir de ellas, estamos siempre metidos en ellas y ¿por qué? Porque estamos cautivos de esta pasión. ¿Qué es lo que nos hace cautivos? ¿Estamos en «la libertad de los hijos de Dios»? (Rm 8,21) ¿O estamos atados a los bienes, a las comodidades, a los honores?

 

Oh Salvador, nos has abierto la puerta de la libertad, enséñanos a encontrarla. Haznos conocer la importancia de esta sinceridad, haz que recurramos a ti para llegar a ella. Ilumínanos, mi Salvador, para ver a qué cosas estamos atados, e introdúcenos, por favor en la libertad de los hijos de Dios.

miércoles, 19 de junio de 2013

LA RESPONSABILIDAD DE LOS MEDIOS DE COMUNICACION


 
 
El Papa pide a los medios de comunicación responsabilidad moral y un respeto de los valores de la familia

 

Destaca el papel de los medios y reclama a los padres un mayor control del tiempo que pasan sus hijos ante el televisor

 

El Papa  hoy un mensaje a los medios de comunicación con motivo de la festividad de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, pidiéndoles una mayor responsabilidad moral en sus mensajes y un respeto a los valores de la familia, al tiempo que reclamó a los padres que controlen y supervisen lo que ven sus hijos en la televisión, dado que los medios difunden en ocasiones mensajes

"contradictorios".

 

Bajo el título ´Los medios en la familia: un riesgo y una riqueza´, el Sumo Pontífice destacó que "el extraordinario crecimiento de los medios de comunicación social y su mayor disponibilidad han brindado oportunidades excepcionales para enriquecer la vida" de individuos y familias, pero, advirtió, al mismo tiempo, someten a las familias a "nuevos desafíos, que brotan de los diversos mensajes, a menudo contradictorios".

 

Por ello, aprovechó la celebración de la Jornada mundial de las comunicaciones sociales de 2004, para invitar a "una sobria reflexión sobre el uso que hacen las familias de los medios de comunicación, y también sobre el modo en que los medios de comunicación tratan a la familia y las cuestiones que afectan a la familia".

 

Asimismo, recordó "tanto a los agentes de la comunicación como a las personas a las que se dirigen, que toda comunicación tiene una dimensión moral". "La estatura moral de las personas crece o disminuye según las palabras que pronuncian y los mensajes que eligen oír", destacó, subrayando que los medios de comunicación y los padres y educadores juegan un papel esencial al ser ellos los que eligen los mensajes que recibirán niños y jóvenes, que "son el futuro de la

sociedad".

 

"La expansión sin precedentes del mercado de las comunicaciones sociales en las últimas décadas", afirma el Pontífice, ha permitido que las familias tengan "acceso desde su casa a los inmensos y variados recursos de los medios de comunicación social", lo que les abre "oportunidades prácticamente ilimitadas de información, educación, enriquecimiento cultural e incluso crecimiento espiritual".

 

Sin embargo, advirtió el Santo Padre, los "medios de comunicación tienen la capacidad de producir gran daño a las familias, presentándoles una visión inadecuada o incluso deformada de la vida, de la familia, de la

religión y de la moralidad". "La comunicación, en todas sus formas, --subrayó-- debe inspirarse siempre en el criterio ético del respeto a la verdad y a la dignidad de la persona humana".

 

Aunque "el matrimonio y la vida familiar se presentan a menudo de un modo sensible, realista pero también benévolo, que exalta virtudes como el amor, la fidelidad, el perdón y la entrega generosa a los demás", según el Papa los medios "con demasiada frecuencia presentan a la familia y la vida familiar de modo inadecuado".

 

Así, "la infidelidad, la actividad sexual fuera del matrimonio y la ausencia de una visión moral y espiritual del pacto matrimonial se presentan de modo acrítico, y a veces, al mismo tiempo, apoyan el divorcio, la anticoncepción, el aborto y la homosexualidad", explicó.

 

Esas presentaciones, añade el Santo Padre, "al promover causas contrarias al matrimonio y a la familia, perjudican al bien común de la sociedad".

 

Por ello, insta a los medios de comunicación a una "reflexión atenta sobre la dimensión ética" de su cometido y a la búsqueda de "iniciativas prácticas orientadas a eliminar los peligros para el bienestar de la familia" que actualmente plantean y para que los medios de comunicación "sigan siendo auténticas fuentes de enriquecimiento". En ello, precisó, "tienen una responsabilidad especial los agentes de la comunicación, las autoridades públicas y los padres".

 

Según el Sumo Pontífice, "no es tan fácil resistir a las presiones comerciales o a las exigencias de adecuarse a las ideologías seculares, pero eso es precisamente lo que los agentes de la comunicación responsables deben hacer". Por su parte, "las autoridades públicas tienen el grave deber de apoyar el matrimonio y la familia en beneficio de la sociedad misma" y para ello, "sin recurrir a la censura", deben poner en práctica "políticas y procedimientos de reglamentación para asegurar que los medios de comunicación social no actúen contra el bien de la familia".

 

Por su parte, los padres deberán enseñar a sus hijos un "uso moderado, crítico, vigilante y prudente" de los medios de comunicación y "reglamentar el uso de los medios de comunicación en el hogar".

 

Esto implica, explicó, "planificar y programar el uso de dichos medios, limitando estrictamente el tiempo que los niños les dedican, haciendo del entretenimiento una experiencia familiar, prohibiendo algunos medios de comunicación y excluyéndolos periódicamente todos para dejar espacio a otras actividades familiares". En este sentido, "los padres deben dar buen ejemplo a los niños, haciendo un uso ponderado y selectivo de dichos medios".

 

"Los medios de comunicación cada día son acogidos como huéspedes habituales en muchos hogares y familias", indicó, exhortando "tanto a los agentes de la comunicación como a las familias a reconocer este privilegio único, así como la responsabilidad que implica", al tiempo que expresó su deseo de que "las familias logren encontrar siempre en los medios de comunicación una fuente de apoyo, estímulo e inspiración al tratar de vivir como comunidades de vida y amor, educar a los jóvenes en los sanos valores morales y promover una cultura de solidaridad, libertad y paz".

ACTUAR FRENTE A DIOS


 


Texto del Evangelio (Mt 6,1-6.16-18): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no lo vayas trompeteando por delante como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, con el fin de ser honrados por los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

 

»Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará.

 

»Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo que ya reciben su paga. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno sea visto, no por los hombres, sino por tu Padre que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará».

 

Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos

Hoy, Jesús nos invita a obrar para la gloria de Dios, con el fin de agradar al Padre, que para eso mismo hemos sido creados. Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia: «Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación». Éste es el sentido de nuestra vida y nuestro honor: agradar al Padre, complacer a Dios. Éste es el testimonio que Cristo nos dejó. Ojalá que el Padre celestial pueda dar de cada uno de nosotros el mismo testimonio que dio de su Hijo en el momento de su bautizo: «Éste es mi Hijo amado en quien me he complacido» (Mt 3,17).

 

La falta de rectitud de intención sería especialmente grave y ridícula si se produjera en acciones como son la oración, el ayuno y la limosna, ya que se trata de actos de piedad y de caridad, es decir, actos que —per se— son propios de la virtud de la religión o actos que se realizan por amor a Dios.

 

Por tanto, «cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial» (Mt 6,1). ¿Cómo podríamos agradar a Dios si lo que procuramos de entrada es que nos vean y quedar bien —lo primero de todo— delante de los hombres? No es que tengamos que escondernos de los hombres para que no nos vean, sino que se trata de dirigir nuestras buenas obras directamente y en primer lugar a Dios. No importa ni es malo que nos vean los otros: todo lo contrario, pues podemos edificarlos con el testimonio coherente de nuestra acción.

 

Pero lo que sí importa —¡y mucho!— es que nosotros veamos a Dios tras nuestras actuaciones. Y, por tanto, debemos «examinar con mucho cuidado nuestra intención en todo lo que hacemos, y no buscar nuestros intereses, si queremos servir al Señor» (San Gregorio Magno).

martes, 18 de junio de 2013

TECNICAS DE PROCREACION ARTIFICIAL





La Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina se pronunció nuevamente sobre las técnicas de procreación artificial, a poco de haberse sancionado en el Congreso de la Nación la ley de fertilización asistida, que obliga la inclusión de estas prácticas en el Programa Médico Obligatorio (PMO) de las prepagas, obras sociales y hospitales públicos del país.

 

La cúpula episcopal, compuesta por el presidente del episcopado, monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz; el vicepresidente primero, monseñor Virginio Bressanelli, obispo de Neuquén; el vicepresidente segundo, monseñor Mario Antonio Cargnello, arzobispo de Salta, y su secretario general, monseñor Enrique Eguía Seguí, obispo auxiliar de Buenos Aires, reafirmó que “no todo lo técnicamente posible es ética y jurídicamente aceptable”.

 

En una reflexión difundida esta tarde, sostuvieron que la trasmisión de la vida humana goza de tal dignidad que “no puede estar sometida a parámetros técnicos”, y advirtieron que entre los bienes afectados se encuentra el derecho a la identidad de los niños concebidos. También mostraron preocupación por lo que consideraron una “legalización de nuevas formas de manipulación de vidas humanas en etapa embrionaria”.

 

“La ley, en su artículo 2, dispone que estas técnicas se apliquen para conseguir un embarazo. Más allá de las consideraciones bioéticas de fondo, entendemos que ello refleja una finalidad claramente reproductiva en el espíritu de la ley que excluiría cualquier posibilidad de destruir embriones”, expresaron los obispos, a la vez que exhortaron a prohibir “cualquier forma de destrucción” de embriones humanos o su utilización para fines comerciales, industriales o de experimentación.

 

“Nuestro país tiene una sabia y humanista tradición jurídica de protección de la vida humana desde la fecundación –recordaron-. Esta protección, lejos de ser expresión de una visión religiosa, es manifestación del respeto que merece cada vida humana y que está en la base del funcionamiento del sistema de derechos humanos”.

 

Asimismo, la comisión ejecutiva puso en evidencia que en Europa se debate ahora la protección de los derechos de los embriones humanos contra toda forma de manipulación y destrucción, y recordaron que el mismo papa Francisco alentó estas iniciativas, dadas a conocer bajo el rótulo “Uno de nosotros”.

 

Reflexiones ante la sanción de la “Ley de acceso integral a la reproducción médicamente asistida”

Como Iglesia, nos hemos pronunciado en diversas ocasiones sobre las técnicas de procreación artificial, buscando llevar esperanza a las personas involucradas en situaciones de infertilidad y esterilidad, pero también señalando que no todo lo técnicamente posible es ética y jurídicamente aceptable.

 

El 27 de abril de 20121 recordábamos que “en caso que se llevase adelante la fecundación extracorpórea, el ser humano concebido de esta manera tiene el mismo estatuto, dignidad y derechos que cualquier otro”. La trasmisión de la vida humana goza de tal dignidad que no puede estar sometida a parámetros técnicos. Entre los bienes afectados está el derecho a la identidad de los niños concebidos. Además, la recientemente sancionada ley de "acceso integral a la reproducción médicamente asistida" genera preocupación por la legalización de nuevas formas de manipulación de vidas humanas en etapa embrionaria.

 

La ley en su artículo 2 dispone que estas técnicas se apliquen para conseguir un embarazo. Más allá de las consideraciones bioéticas de fondo, entendemos que ello refleja una finalidad claramente reproductiva en el espíritu de la ley que excluiría cualquier posibilidad de destruir embriones.

 

Luego de la sanción de la ley, para limitar daños y contribuir al bien común, es necesaria una expresa prohibición de cualquier forma de destrucción de embriones humanos, o de su utilización para fines comerciales, industriales o de experimentación.

 

Nuestro país tiene una sabia y humanista tradición jurídica de protección de la vida humana desde la fecundación. Esta protección, lejos de ser expresión de una visión religiosa, es manifestación del respeto que merece cada vida humana y que está en la base del funcionamiento del sistema de derechos humanos.

 

En el plano internacional se verifica un intenso debate en torno a la protección de la vida embrionaria. En Europa se ha lanzado la iniciativa "Uno de nosotros" que promueve que en todo el ámbito de la comunidad europea se proteja a los embriones humanos contra toda forma de manipulación y destrucción. Por ello es importante definir el reconocimiento del inicio de la vida humana desde la existencia del embrión. El Papa Francisco en persona ha alentado esta iniciativa en su alocución del 12 de mayo de 2013 afirmando: "invito a mantener viva la atención de todos sobre el tema tan importante del respeto por la vida humana desde el momento de su concepción”.+
 


 

 

 

lunes, 17 de junio de 2013

LA ADORACION EUCARISTICA ES LA EXPRESION DE NUESTRO AMOR A JESUS

 
 




Dios nos espera en Jesucristo, presente en el Santo Sacramento. ¡No le hagamos esperar en vano! No pasemos de largo... Tomémonos algún tiempo durante la semana, entremos al pasar y permanezcamos un momento ante el Señor que está tan cerca. Benedicto XVI

 

¿Qué es la Eucaristía?

 

La Eucaristía es nada menos que el regalo total y personal de Jesús mismo a nosotros Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad bajo la apariencia de pan y vino en la Hostia consagrada. 

 

En el Santísimo Sacramento Jesús oculta su inmensa Gloria, belleza y dignidad porque desea que vayamos a el en la fe para amarlo a si mismo.

 

¿Qué es la Adoración Eucarística?

 

La adoración eucarística es la expresión de nuestro amor por Jesús, que nos ama tanto, que nunca quiere separarse de nosotros y por eso permanece día y noche con nosotros en el Santísimo Sacramento. El dice: “He aquí que yo estoy con ustedes todos los días”, porque, “Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti”. (Mt 28, 20; Jr 31, 3)

 

El Papa Juan Pablo II en su primera carta encíclica El Redentor del Hombre dice que la Adoración Eucarística es la obligación  mas esencial en la vida del cristiano y que la celebración litúrgica de la Eucaristía y el culto privado de la Eucaristía se complementan entre si. El afirma: “Nuestro culto comunitario en la Misa debe ir acompañado por nuestro culto personal, en la adoración Eucarística, a fin de que nuestro amor por Jesús, sea completo”

 

¿Qué es la Adoración Eucarística Perpetua?

 

La Adoración Eucarística Perpetua es simplemente nuestra respuesta al infinito amor que Cristo tiene por nosotros. Porque lo amamos, queremos pasar regularmente, una hora santa de oración silenciosa en su  Presencia Eucarística una vez a la semana para poder tener exposición permanente del Santísimo Sacramento (siete días a la semana, veinticuatro horas del día). De esta manera, Jesús nunca se queda solo y la capilla permanece siempre abierta para cualquiera que desee visitarlo.

 

Dios los bendiga y ayude siempre. Que la paz y la alegría de Cristo estén siempre con ustedes!
 
TE ESPERAMOS LISANDRO DE LA TORRE Y ANDRADE. QUILMES OESTE.

QUEBRAR EL AMOR A NOSOTROS




 

¿Por qué somos quebrantados?

 

Cuando fijamos nuestra vista en el logro de nuestros objetivos, perdemos de vista los objetivos de Dios para nosotros. Debemos quebrar nuestro intenso amor hacia nosotros mismos si es que vamos a permitir que el amor de Dios nos envuelva y nos llene.

 

Un joven me dijo: "Hace dos años que soy cristiano y ¡no puedo decirle cuán diferente es mi vida ahora!

 

Luego, en un tono de voz muy serio y pensativo, añadió: "Sin embargo, algunas veces me pregunto por qué tuve que atravesar experiencias tan horribles antes de venir al Señor. Yo era alcohólico. Utilizaba a las personas. Me metí en problemas con la ley y estuve muy cerca de matar a un par de personas porque tuve un accidente mientras conducía bajo la influencia del alcohol. Hubiera querido que Dios me salvara mucho antes".

Entonces le respondí: "Tal vez había algo en ti que debía morir antes de que pudieras vivir cabalmente".

 

El joven pensó por un momento en lo que le había dicho. "Sí, usted tiene razón. Yo no estaba listo para dejar lo que llamaba la buena vida, hasta hace unos dos años y medio. Hasta ese momento pensaba que tenía una gran vida. Recién ahora me doy cuenta de lo terrible que era la vida que estaba llevando."

 

Antes de que cualquiera de nosotros pueda vivir completamente de la manera que Dios quiere, debe morir al deseo de controlar su propia vida o de vivir de acuerdo con sus propios planes y voluntad.

 

Algo tiene que morir para que comience la vida

 

Un pasaje importante en las Escrituras acerca del quebrantamiento se encuentra en Juan 12:24-25. Al preparar a sus discípulos para su crucifixión y resurrección, Jesús les dijo: "De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto" (Juan 12:24).

 

Mientras tenga un grano en su mano, tendrá solamente ese grano. Puede ponerlo sobre el piso del granero, sobre el marco de una ventana, o hasta debajo de una cúpula de vidrio, o puede guardarlo por siempre. Sin embargo, seguirá siendo un solo grano. De su interior no saldrá nada. Con el tiempo se pudrirá y se convertirá en polvo.

 

Pero cuando uno toma esa semilla y la introduce en el suelo y la cubre con tierra fértil, el calor del sol y la humedad de la tierra obrarán conjuntamente sobre la cáscara exterior de ella. Antes de que pase mucho tiempo, la cáscara exterior se rompe y un pequeño brotecito verde comienza a abrirse paso a través de la tierra hasta que con el tiempo traspasa la superficie y sale a la luz del sol. Una raíz comienza a crecer hacia abajo, y ancla la semilla a la tierra. La semilla en sí desaparece mientras el tallo crece y con el tiempo produce una espiga de trigo o una mazorca de maíz. Esa espiga de trigo o mazorca de maíz produce docenas de granos, cada uno de los cuales posee la capacidad de crecer y convertirse a su vez en una planta.

 

De un solo grano de trigo, una persona podría llegar a plantar cientos de miles de hectáreas. Lo único que tendría que hacer es volver a plantar todos los frutos de un grano, y luego todos los frutos de sus granos, y seguir así sucesivamente.

 

Jesús estaba enseñando que en tanto que el grano permaneciera solo (sin que nadie lo plantara y sin que se rompiera) no podría llevar fruto. Por supuesto, describía lo que le estaba por suceder. En tanto que Jesús permanecía vivo, unas pocas personas podrían ser sanadas, unas pocas se beneficiarían con sus milagros, unas pocas se volverían a Dios a través de sus enseñanzas y de su predicación, pero en última instancia, el mundo seguiría sin recibir el perdón.

Para que su vida se pudiera extender y multiplicar, Jesús tenía que morir. Una vez que hubiera muerto y resucitado, su vida podría multiplicarse millones de veces, tal como ha sucedido a través de los siglos.

 

Quienes lo hemos recibido como nuestro Salvador y quienes hemos sido perdonados de nuestros pecados, tenemos nuestro nombre escrito en el Libro de la vida del Cordero porque Él estuvo dispuesto a morir.

 

A su tiempo, Él nos llama a cada uno de nosotros a tomar nuestra cruz –debemos morir con sacrificio a nosotros mismos y entregarnos a su causa– para que podamos vivir para Él y de acuerdo con sus propósitos.

 

Jesús prosiguió diciendo: "El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará" (Juan 12:25).

 

¡Debemos morir a nosotros mismos para obtener más de nosotros mismos y vivir eternamente! Debemos quebrar nuestro intenso amor hacia nosotros mismos si es que alguna vez vamos a permitir que el amor de Dios nos envuelva y nos llene.

Hay muchos otros pasajes de las Escrituras que hacen eco de esta misma enseñanza: al aferrarnos a nuestro propio deseo y a nuestra propia voluntad, perdemos. Al soltarlos y al permitir que Dios tenga el control, ganamos (véanse Mateo 10:39 y 16:24-26).

 

Dios desea diseñar nuestro futuro

 

A través de los años, he descubierto que aquellos que son más jóvenes suelen tener más dificultad en someter su vida totalmente al Señor. Ven cómo el futuro se extiende ante sus ojos, lleno de lo que perciben como oportunidades ilimitadas. Satanás los engaña al hacerles pensar que el futuro no puede ser bueno sin determinada realización y comienzan a perseguir lo que Satanás presenta como el ideal de vida. Por supuesto, sus planes nunca incluyen a Dios. El resultado de perseguir lo que Satanás presenta como deseable es un espíritu de afán. El afán es ambición pura, y en última instancia es una atadura. Las ilusiones que Satanás nos presenta como objetos que pueden darle valor, significado o peso a nuestra vida son sólo eso: ilusiones. Son como un espejismo en el desierto. Uno puede luchar, rasguñar y dar manotazos al aire al arrastrarse hacia el espejismo con toda su energía, año tras año, sin llegar jamás. Aquello que tiene apariencia de ser una fuente de vida en realidad es polvo seco. ¿Está mal comprar lo mejor que uno pueda dentro de sus posibilidades? ¿Está mal desear tener una esposa o esposo e hijos? ¿Está mal desear tener éxito en el trabajo? ¡No! Lo que está mal es pensar que no podemos vivir sin esas cosas. Lo que está mal es sustituir una relación con Dios por la adquisición de cosas, de relaciones o de logros.

 

Cuando fijamos nuestra vista en el logro de nuestros objetivos, casi siempre perdemos de vista los objetivos de Dios para nosotros. Solamente cuando hacemos que nuestra relación con Dios sea la prioridad número uno de la vida, Dios puede llevarnos al lugar en el cual lograremos y recibiremos lo que nos trae satisfacción verdadera. Todas las cosas que Satanás nos presenta no sólo como deseables sino también como necesarias para nuestra identidad, son engaños. Su intención no es ver a una persona bendecida, sino más bien provocar su perdición. Si existe en nuestra vida cualquier cosa que nos haga pensar que no podemos vivir sin ella, esto debería ser una señal de advertencia para que volvamos a evaluar nuestra relación con Dios y para que echemos otra mirada a nuestras prioridades. Jesús nos enseñó claramente: "No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas" (Mateo 6:31-33).

Dios sabe lo que usted necesita. Él sabe lo que es mejor para usted, y la cantidad exacta que necesita. Lo cierto es que podemos vivir con muy poco, pero de ninguna manera podemos vivir plenamente sin Dios. Él es lo que necesitamos primordialmente y siempre. ¡Él es el único ser sin el cual realmente no podemos vivir! Las cosas que Satanás nos presenta como cosas que obligatoriamente debemos tener, son cosas pasajeras y temporales. Si estamos dispuestos a dejar de afanarnos por estas cosas y buscarlas sin importar su costo elevado, y en cambio decidimos volver a Dios, Él va a satisfacer todos nuestros deseos para el futuro. Si estamos dispuestos a dejar de definir nuestro propio futuro, Él nos dará algo mejor que lo que nosotros jamás podríamos haber arreglado, manipulado o creado. Su mejor voluntad será la nuestra, aunque sólo será así si estamos dispuestos a morir a ese rasgo egoísta e independiente para someter nuestra vida completamente a Él.

 

Dios desea determinar nuestras metas

 

Una joven vino a hacerme la siguiente pregunta luego de escucharme predicar acerca de esto: "Pastor, ¿está mal establecerse metas? Me parece que usted está diciendo que simplemente debemos vivir día por día, y confiar en Dios, sin tener ninguna clase de planes o metas". No está mal que nos establezcamos metas; lo que está mal es fijarlas sin preguntarle a Dios cuáles son sus metas para nosotros. Siempre debemos enfocar nuestra meta con sincera oración, y preguntarnos: "¿Qué es lo que deseas, oh Dios, que yo haga, que diga y que sea?" Nuestra oración debe ser la misma que hizo Jesús en el jardín de Getsemaní: "No sea como yo quiero, sino como tú" (Mateo 26:39).

 

Somos hechura de Cristo

 

¿Quién es el responsable por sus logros y sus éxitos en la vida? ¿Considera que usted es el responsable por aquella persona en la que se convertirá y por aquellas cosas en las que tendrá éxito? ¿O descansa en Dios para que Él viva su vida a través de usted, y para transformarlo de tal manera que Él lo use para sus propósitos?

 

Estas son dos perspectivas muy diferentes. Difícilmente vamos a rendir nos pronta y fácilmente al quebrantamiento si creemos que tenemos nuestro propio destino en nuestras manos.

La persona sabia enfrenta la realidad de que Dios merece y también exige el derecho y el control de todo lo que somos. Él tiene la autoridad de expresar su vida a través de nosotros, a través de nuestros labios, nuestros ojos, manos, pies, cuerpos, pensamientos y emociones, de la manera que Él elija. Nosotros no debemos ser meros reflejos de lo que Cristo fue, sino que tenemos que ser expresiones vivientes y caminantes de la vida de Cristo en el mundo actual.

 

La Biblia nos dice que una vez que reconocemos a Jesucristo como Salvador, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos y no gobernamos ni determinamos nuestro futuro. Pablo escribió: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Efesios 2:8-10). Como usted no ganó su propia salvación, tampoco es responsable de alcanzar su propia gloria en la vida. Usted es hechura divina, desde el comienzo hasta el final. Dios lo guía y lo dirige hacia las buenas obras que usted debe hacer para Él, obras que están totalmente en armonía con los talentos, las habilidades, las experiencias y las destrezas que Él le ha dado.

 

Cuando miro hacia atrás, quedo asombrado al contemplar cómo Dios me llevó de un lugar a otro, de una experiencia a otra, siempre me colocó en la posición para dar el próximo paso en la vida, me puso siempre en lugares y situaciones en los que pudiera purificarme o donde pudiera desarrollar algo dentro de mí que sería útil a sus propósitos más tarde. Cuando era adolescente vendía periódicos para ganar dinero para comprar ropa y otras cosas que necesitaba. Una noche conversaba con un amigo llamado Julián mientras estábamos parados en la esquina de una calle donde vendía los diarios. Le dije que creía que el Señor me estaba llamando a predicar. "Sabes –le dije– debería ir a la universidad, pero no tengo el dinero para hacerlo." Yo no conocía muy bien a este muchacho. Simplemente hablábamos acerca de nuestra vida de una manera más bien casual. En aquel preciso momento de la conversación, el pastor de mi iglesia se acercó caminando hacia nosotros. Julián le dijo: "Sr. Hammock, Charles cree que el Señor lo ha llamado para predicar. ¿Cree usted que podría ayudarlo para ir a la universidad?" Hammock respondió: "Bueno, podría ser. ¿Por qué no vienes a verme uno de estos días?" Fui a su oficina un día, y esta resultó ser una de las tardes más importantes de mi vida. El pastor Hammock hizo los arreglos para que recibiera una beca completa de cuatro años para la Universidad de Richmond a unos setenta kilómetros de mi ciudad. ¿Fue un accidente que yo hablara con Julián aquella noche, o fue casualidad que el pastor Hammock pasara por allí, o que Julián le dijera lo que le dijo? No. Dios obraba de maneras que yo no podía entender. Dios no solo es quien nos provee la orquestación, sino que también es nuestro compositor. El Señor es el autor y consumador de nuestra vida (véase Hebreos 12:2).

 

Mientras insistamos en escribir nuestra propia historia, Dios no podrá escribir su voluntad viva en nuestro corazón. Mientras insistamos en abrir nuestro propio camino, Él no podrá guiarnos por sus sendas de justicia. Mientras insistamos en vivir nuestra vida de acuerdo con los deseos propios, Dios no podrá impartirnos sus deseos ni podrá guiarnos hacia su integridad, su fecundidad y sus bendiciones. Mientras sintamos que tenemos el control de nuestro destino, no podremos experimentar cabalmente el destino que Él tiene para nosotros. Somos hechura suya. Cuando actuamos de otra manera, abrimos una brecha en nuestra relación de confianza con Dios y nos negamos a someter nuestra vida completamente a Él.