LA ADORACIÓN ES UN MISTERIO
"Ciencia es misteriosa para mí, harto alta, no puedo
alcanzarla" (Sal 139,6)
1.
Reflexión
El
misterio nos coloca frente a una realidad que no comprendemos y que no
conseguiremos comprender por más que nos esforcemos, ya que es incomprensible o
inexplicable para el hombre. En algunas realidades como la vida, el amor, el
tiempo, la eternidad y otras, aunque intentemos abarcarlas parece que siempre
queda un resto que se nos escapa, que no alcanzamos a aprehender, que permanece
oculto y fuera de nuestro alcance. Esto ocurre porque estas realidades nos
relacionan con el mundo sobrenatural, más allá de nuestra capacidad de
comprensión. Entre ellas ocupa un lugar destacado la adoración.
No
es de extrañar que cuando nos relacionamos directamente con realidades
sobrenaturales entremos de lleno en el misterio, ya que "el hombre naturalmente no capta las cosas del Espíritu de Dios;
son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden
ser juzgadas" (1 Co 2,14). Cuando esto sucede entramos en un terreno
en el que somos completamente dependientes de la gracia de Dios, pues sólo
podremos conocer lo que él quiera revelarnos. Como dice la Escritura: "no se trata de querer o de correr,
sino de que Dios tenga misericordia" (Rm 9,16). Por eso, las cosas de
Dios siempre permanecerán para nosotros envueltas en misterio mientras nos
encontremos en esta tienda: "Cuando
venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial... Ahora vemos en un espejo, en
enigma. Entonces veremos cara a cara" (1 Co 13,10.12).
En
consecuencia, nuestra actitud ante las realidades espirituales debe ser la de
asomarnos siempre a las puertas del misterio inagotable de Dios con asombro
tembloroso y respetuoso, pero también gozoso, por un doble motivo:
·
Porque el misterio nos abre a la
esperanza de un futuro en el que caerá el velo y nos serán desvelados esos
tesoros inagotables que no alcanzamos ahora: "Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial,
pero entonces conoceré como soy conocido" (1 Co 13,12);
·
y porque el hecho de que muchas
verdades permanezcan por ahora incomprensibles para nosotros no impide que
podamos aproximarnos a ellas, conocerlas en parte, disfrutarlas ya en cierto
modo y decir con Pablo que "a
nosotros nos las reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo
sondea, hasta las profundidades de Dios" (1 Co 2,10).
Todo lo dicho hasta aquí es plenamente
aplicable a la adoración. ¿Cómo es posible que el pecador llegue a la presencia
del Santo, que la criatura tenga acceso hasta su Creador, que un hombre mortal
pueda dar culto al Dios eterno? No alcanzamos a comprenderlo, pero la adoración
nos permite vivirlo. Gran misterio es el hecho de que el hombre pueda
encontrarse ante Dios en adoración, que
pueda llegar a ser adorador ante el Dios vivo y ante Cristo, el “Misterio de Dios, en el cual están ocultos
todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Col 2,2-3).
2. Palabra profética
“Cuando de verdad permanezcáis en mí, no
tendréis que hacer ningún esfuerzo para venir a la adoración, porque será una
necesidad que brotará en vuestro corazón. Pero, para llegar a ese punto es
necesario que rompáis totalmente con el mundo, que carguéis sobre vuestros
hombros la cruz de cada día y que caminéis sin interrupción por el camino
estrecho y difícil de la santidad”.
En consecuencia, nuestra actitud ante las realidades espirituales debe ser la de asomarnos siempre a las puertas del misterio inagotable de Dios con asombro tembloroso y respetuoso, pero también gozoso, por un doble motivo:
ResponderEliminar· Porque el misterio nos abre a la esperanza de un futuro en el que caerá el velo y nos serán desvelados esos tesoros inagotables que no alcanzamos ahora: "Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido" (1 Co 13,12);
· y porque el hecho de que muchas verdades permanezcan por ahora incomprensibles para nosotros no impide que podamos aproximarnos a ellas, conocerlas en parte, disfrutarlas ya en cierto modo y decir con Pablo que "a nosotros nos las reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios" (1 Co 2,10).