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lunes, 25 de noviembre de 2013

OFRECER SACRIFICIOS ESPIRITUALES

 
 



                                     EFECTOS DE LA AORACIÓN 

                                    Sacerdotes para la adoración

 

1.   Reflexión

 

    Jesús no es visto como uno de los sacerdotes de Israel, pero se revela a sí mismo sacerdote por la ofrenda de su sacrificio y por el servicio de la palabra. Del mismo modo quiere que sus discípulos tomemos parte de esas dos funciones sacerdotales. Por una parte dice: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8.34), Y por otra nos dice como a aquel aspirante a discípulo: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9,60).

v  El Apóstol Pedro dirá a los discípulos: “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido” (1 P 2,9).

v  Al principio del Apocalipsis hay una hermosa descripción acerca de Jesucristo, que dice ”Él es el que nos ama, nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,5-6). El amor de Jesús, que domina todo el texto, es la única fuerza purificadora del pecado, que a su vez nos sitúa en condiciones de llegar a ser nada menos que sacerdotes del Altísimo.

v  San Pablo invita a ofrecer el cuerpo “como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual” (Rm 12,1) y a dar culto “según el Espíritu de Dios” (Flp 3,3)         

 

     En virtud de nuestro bautismo y de nuestra vocación participamos en el oficio sacerdotal, profético y real de Jesucristo, pero ¿qué se espera de nosotros? Dios espera de nosotros que le ofrezcamos por medio de Jesucristo cuanto somos, hacemos y tenemos: obras naturales y espirituales, oraciones personales y comunitarias, trabajos físicos y evangélicos, la vida en cualquiera de sus facetas y edades, el descanso espiritual y corporal, el bienestar y el sufrimiento... En palabras de Pedro: “Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” (1 P 2,4-5).

    

     Ante la proclamación que los ángeles hacen de la dignidad del Cordero en la visión celestial de Juan, todas las criatura, del cielo y de la tierra se unen a la misma y claman: “Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos. Y los cuatro Vivientes decían: ‘Amén’; y los Ancianos se postraron para adorar” (Ap 5,13-14). Eso mismo podemos hacerlo nosotros, desde nuestro sacerdocio real y en fe hasta que llegue el momento en que podamos hacerlo en visión.

 

 

    2. Testimonios – Palabra profética  

 

Testimonio de un grupo de adoradores:

 

Visión durante la adoración:  Los adoradores son hechos partícipes de la alabanza que hay en el cielo, de la alabanza de los ángeles y de los santos. Están rodeados por ellos y envueltos en la misma luz que ellos, alcanzados por el mismo resplandor y el mismo gozo que hay allí. 

Palabra al corazón: Adoráis mi santidad y hacéis bien, proclamáis mi santidad y el enemigo huye ante ella. Seguid postrados ante mi santidad, que también os santifica a vosotros. Seguid proclamando mi santidad, seguid adorando mi santidad. Mi santidad os transforma, mi santidad os santifica, mi santidad os renueva.

 

Sigue visión en la cual los adoradores son envueltos por su santidad mientras sienten en su corazón que el Señor les permite intuir qué es estar envueltos por su santidad; al mismo tiempo son conscientes de la imposibilidad de vivir esta experiencia en profundidad porque no podrían resistirla.

Palabra: Si de verdad buscarais de todo corazón y conocierais lo que es estar envueltos por mi santidad, no podríais ocupar otro lugar más que éste. Cuando estáis aquí a mis pies, aunque no lo experimentéis, mi santidad y mi presencia os envuelven  y os hacen míos. 

 

1 comentario:

  1. Al principio del Apocalipsis hay una hermosa descripción acerca de Jesucristo, que dice ”Él es el que nos ama, nos ha lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un Reino de Sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,5-6). El amor de Jesús, que domina todo el texto, es la única fuerza purificadora del pecado, que a su vez nos sitúa en condiciones de llegar a ser nada menos que sacerdotes del Altísimo.

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